miércoles, 19 de mayo de 2010

Día de los mejillones, el barco y el Keiraj

Obviamente nos levantamos tarde: yo oi la alarma pero pasé olímpicamente. Desayunamos media barrita y luego, con toda la calma, bajamos a la plataforma a coger el ferry de las 2:46.

Había que bajar una cuesta que sabíamos que nunca volveríamos a subir porque era exageración. Llegando a la plataforma nos bañamos y descubrimos mejillones. Carlos y Martín los pescamos, Javi y Carlos los limpiaron y luego los cocinamos y nos los comimos. Ignacio se tomó uno para probarlos pero nosotros nos pusimos las botas. Al final, con el agua de los mejillones hicimos unos espaguetis añadiendo más y quedaron riquísimos.

Luego estuvimos haciendo el tonto, intentando hacer señales a los barcos, y Carlos creyó ver una foca y tiro mejillones rotos para atraerla. No atrajo focas pero llegó una medusa muerta. Carlos se lanzó al agua con un palo y la subió hasta la plataforma donde la estuvimos analizando.

Después Carlos se ató las botellas de agua a los pies y se fue a buscar agua dulce. Volvió al rato con las botellas llenas, porque había encontrado una cascada de agua dulce. Después nos pusimos a hacer señales a los barcos que pasaban. Paró uno que iba lleno con una familia y nos dijo que intentaría llamar o avisar al Ferry, porque no llegaba el que estaba programado.

El siguiente barco que llegó llevaba otro al lado remolcándolo y nos dijeron que para que parase el Ferry había que subir una boya que había ahí. Al final nos dijeron que si queríamos que nos llevasen al siguiente pueblo donde el Ferry paraba siempre y dijimos que si. Una vez en el barco nos dieron unas cerveza que no supieron a gloria.

Los dueños del barco eran dos matrimonios de señores mayores muy simpáticos que nos ofrecieron al final llevarnos hasta Lysebotn. Nos pusimos en la parte de atrás del barco e Ignacio se puso a hablar con uno de los señores planificando una ruta. Paramos delante del Keiraj porque a veces, cuando pasa el Ferry, la gente salta en paracaídas y estuvimos viéndolo con prismáticos, pero no se tiró nadie. Al fin llegamos a Lysebotn, una mierda de pueblo donde solo había una tienda de información, un albergue (donde compramos unos mapas y patatas y chocolatinas) y un camping con una dependienta impresionante que solo tuvimos el placer de ver Carlos y yo cuando fuimos a preguntas por los precios de la comida (el “módico” precio de 168 coronas cada uno).

Con lo mapas que habíamos comprado planificamos una ruta bastante arriesgada y empezamos a subir al Keiraj (en contra de la voluntad de Martín) a las siete de la tarde. Después de andar muchísimo, cruzar un túnel congelado de 1,1 Km y morir del cansancio hicimos autostop y un tío paró y se llevo a Ignacio con todas las mochilas.

Carlos, Javi y yo subimos andando y no pasó ningún coche más. Cuando llegamos estábamos muertos pero subimos bastante camino del Keiraj (después de un merecido descanso) y acampamos arriba en un sitio de la leche al lado de un rio con bastante frio pero muy guay que nos recomendo una española de Salamanca que se venía con unos amigos y con la que nos cruzamos al subir.

Lavamos la ropa en el rio al lado de la tienda e hicimos un arroz mezclado con un sobre de sopa que estaba buenísima y comimos siguiendo el sistema de turnos (este sistema, con el que pasamos a comer todos los días desde la primera vez que lo usamos, consistía en que cada uno daba una cucharada a la comida, siguiendo un orden estricto, para comer todos más o menos lo mismo, pues nunca sobraba la comida). También pusimos un tenderete para colgar la ropa.

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