Martín se levantó el primero porque no podía dormir más, a pesar de la comodidad de la cabaña self-service. Estuvo haciendo tiempo hasta que se despertaron todos. Desayunamos todos una especie de Cola-Cao en polvo (que se mezclaba con agua) con galletas que no estaba del todo mal. Sabía incluso un poco a leche con chocolate.
Los alemanes se habían ido ya pero la china y la vieja seguían por ahí así que estuvimos haciendo tiempo hasta que se fueron y en cuanto se marcharon nos aprovisionamos para los próximos días. No hacía muy buen tiempo e incluso llovía un poco así que al poco de empezar el camino nos tuvimos que poner los chubasqueros.
Ignacio hizo Ice Tea y nos hicimos unas fotos en una cascada (nos la hizo la china, que nos la volvimos a encontrar). Durante el camino íbamos entablando conversaciones absurdas sobre la utilidad de viajar a cualquier del parte del universo tu solo o la posibilidad de tener el poder de un Jumper. También discutimos sobre que era mejor: un viaje al espacio o una vuelta al mundo.
Estuvimos todo el rato cruzándonos con la china y la vieja hasta que salimos de la carretera y nos subimos al camino hacia Røldal. Ese día fuimos con mucha calma porque teníamos que hacer la mitad del camino ese día, cuando se podía hacer perfectamente en siete horas. Comimos y nos pusimos a buscar un sitio para plantar la tienda. Martín estuvo fregando los platos mientras el resto preparaba el sitio de la tienda y una hoguera con la leña que Ignacio y Carlos habían recogido.
Después de montar la tienda Martín se quedó cocinando y cuidando del fuego mientras el resto se iba a por más leña. El primero en volver fue Carlos, que se fue a dar un baño en el lago pero no estuvo mucho tiempo. En cuanto volvió empezamos a comer porque la comida ya estaba lista (arroz mezclado con alubias) y se estaba enfriando. Apuntamos los turnos hasta que llegaron todos.
Javi se fue a bañar mientras Ignacio se puso al día con los turnos, tomando 14 cucharadas de arroz seguidas. En cuanto volvió Javi se fue Ignacio al lago y después Martín. Nos “duchamos” en el rio, que tenía el agua más fria en la que nos habíamos bañado nunca. Era insoportable estar dentro del agua más de dos segundos y se te cortaba la respiración del frio. Cuando nos sumergíamos enteros en el agua era como si te comprimiesen los pulmones y te fuese a estallar la cabeza del frio, y tener los pies en el agua hacía que los dejases de sentir por completo en menos de un minuto. Las duchas fueron muy rápidas, excepto la de Carlos que incluso tuvo el valor de dar un par de brazadas en el agua. Después de las “duchas” cada uno fue corriendo al fuego a intentar entrar en calor, y después de calentarnos un poco nos metimos en el sapo para pasar la última noche de la tienda.
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