miércoles, 19 de mayo de 2010

Subida al Kjeraj, Ferry a Forsand y Camping Mágico

Esa noche hizo bastante frio así que nos levantamos y no perdimos mucho el tiempo. No desayunamos y lo recogimos todo, dejándolo escondido debajo de nuestras capas impermeables. Había mucha niebla y nubes, y se veía muy muy poco. Iniciamos la subida y yo pense que había llegado a mi límite porque no podía más del cansancio. Cada vez necesitaba más largos y cada menos tiempo. Cuando pararon las subidas infernales y nos pusimos a contar chistes y hablar sobre monólogos todo fue mucho mejor; el único problema era la niebla y tuvimos que estar buscando T’s para asegurarnos de que no nos íbamos a perder.

Legamos a un cruce y seguimos en dirección a una cosa que no estábamos 100% seguros de que fuese la bola animados por Ignacio, y después de cruzar tramos con nieve, que Javi metiese la pierna hasta la rodilla en uno de esos tramos y que Carlos se quejara diciendo que ese camino estaba pensado para Spiderman llegamos a la bola. Había demasiada niebla pero nos hicimos fotos, y nos volvimos. Nos cruzamos con mucha más gente que empezaba a subir (a la ida solo nos cruzamos con cuatro personas que habían dormido más arriba que nosotros y bajaban) y llegamos al campamento base donde habíamos dejado las mochilas con un hambre atroz.

Hicimos una medio desayuno-comida de una lata de caballa y otra de atún para cada dos, y Martín compartió con Carlos y Javi con Ignacio. Después seguimos bajando hasta llegar al restaurante-mirador de la carretera. Javi y Martín fueron al baño a rellenar el agua y Carlos e Ignacio empezaron a bajar. Nada más empezar a bajar Javi y Martín paso un coche. Javi dijo que no hiciese autostop porque pensaba que era una familia que habíamos visto arriba y que iban llenos. Martín no le oyó y saco el dedo y pararon. Eran unos polacos que les bajaron todo el camino. Se pararon a hacer fotos y dejaron las llaves puestas de tal forma que podían haberle robado el coche perfectamente. Obviamente no lo hicieron.

Llegamos abajo dos horas y media antes de que llegase el Ferry que queríamos coger así que fuimos a intentar cambiar los mapas que habíamos comprado (porque al final no los usamos) y Martín les convenció para que nos los cambiasen. Después fuimos al baño y a una especie de cabaña donde había otros campistas. Martín se echó una siesta para esperar a Carlos y a Ignacio y Javi se fue al puerto a escribir un rato en su libreta.

Martín despertó y Carlos e Ignacio no habían llegado todavía. Eran las dos de la tarde y tardaron media hora más en llegar porque nadie les había cogida en autostop. Cogimos los mapas (que los tenía Carlos) y los cambiamos por una bolsa de patatas, chocolatinas y cien coronas. Nos las comimos y nos fuimos a un rio al lado del fiordo a esperar al Ferry. Carlos se bañó y se fue a ver una catarata que había mientras que Javi e Ignacio tocaban el ukelele y Martín descansaba. La madre de Martín nos dijo que Vivi Gavilán (una amiga suya) le había dicho que Irene León estaba con nosotros. No sabemos muy bien como pudieron llegar a esa conclusión.

Al fin llegó el Ferry y lo cogimos a toda prisa, sin preguntar. Resulta que no iba a Stavanger sino a Lauvvik, un pueblo enano, así que preguntamos a unas tías que nos dijeron que era mejor bajarse en Forsand porque era más grande y había tiendas, y nos bajamos ahí. En Forsand no sabíamos muy bien lo que hacer y le preguntamos a una familia que se acababa de bajar del Ferry también pero no tenían mucha idea. Uns señores que estaban por ahí dijeron que podían llamar a un taxi si queríamos. La familia no quería compartir y decían que les iba a buscar un amigo así que debatimos sobre lo que íbamos a hacer y decidimos coger un taxi hasta Jørpeland, la siguiente ciudad “grande” que había cerca.

Más tarde, después de haber recorrido mucho nos dimos cuenta de la tontería que fue el coger un taxi ese día, ya que podíamos haber hecho autostop perfectamente, pero la verdad es que estábamos cansados, nos habíamos equivocado de Ferry y no teníamos muy claro ni como íbamos a llegar a nuestro destino ni si lo íbamos a conseguir. El pueblo era como el típico pueblo de veraneo, enano y con pandillas de jóvenes pero sin mucha actividad. Como muchos de los pueblos que vimos por aquí había una calle principal y luego, a los lados, algunas tiendas. Las casas eran chalets típicos noruegos, con su arquitectura característica y jardines enormes, lo que conseguía que la extensión del pueblo fuese bastante elevada pero con una densidad de población muy baja, como el país, que tiene solo cuatro millones y medio de habitantes.

El taxi nos dejó en la “estación” de autobuses y desde ahí localizamos una especie de bolera-cafe (donde, por supuesto, todo era carísimo) y nos dieron unos mapas de la ciudad. Justo al lado de la estación de autobuses había un puerto y un baño con duchas para los que tenían ahí el barco atracado. Aprovechamos para ducharnos todos y asearnos un poco, porque eso ya era insostenible. Después de ducharnos y debatir un rato sobre lo que hacer subimos al pueblo y localizamos el supermercado, la tienda de deportes para comprar más propano y la oficina de información.

Después de tenerlo todo localizado y haber mirado los horarios de las tiendas nos fuimos a buscar un sitio donde acampar. Preguntamos en varias casas, (por si algún alma caritativa se apiadaba de nosotros y nos dejaba dormir en sus jardín) y un señor nos dijo algo de un camping cerca de la carretera principal que no entendimos muy bien. Seguimos por donde nos había indicado el señor y encontramos un camping abandonado con casetas y todo al lado de la carretera. (esto sí, estaban cerradas a cal y canto) Ahí decidimos acampar. Después de localizar un punto resguardado nos pusimos a cocinar. Javi e Ignacio se fueron a una gasolinera a comprar alguna salsa para los espaguetis mientras que Carlos y Martín los cocinaban con atún.

Cuando volvieron con la salsa (de las más ricas que recordamos) comimos todos usando el sistema por turnos y después montamos la tienda. Pusimos la alarma pronto para hacer todo rápido al día siguiente. Javi y Martín se pusieron a escribir y Carlos e Ignacio a escuchar cancioncillas que Carlos tenía en su móvil. Después de un rato nos metimos en la cama. Estos no paraban de hacer el gilipoyas hasta que Martín se cansó y le pegó un puñetazo (no muy fuerte) a Ignacio. Después de eso no hubo ni una palabra más hasta el día siguiente.

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